Johnson ha sacado de su letargo las negociaciones anglo-europeas. Afirma que su país estaría dispuesto a compensar la falta de acuerdo pero todo indica que quiere uno más que nadie, y que negociará in extremis, como ya hizo el año pasado.

Hoy, Davis y Barnier, los jefes de la negociación, parecen incapaces de llegar a un acuerdo antes del 15 de octubre.

Las negociaciones sobre las relaciones comerciales post-Brexit entre el Reino Unido y los 27 no han avanzado casi nada desde la primavera. A pesar de la aceleración de las reuniones semanales entre el 29 de junio y el 31 de agosto, en lugar del ritmo bimestral vigente hasta entonces, los temas candentes luchan por salir del punto muerto. “Todavía hay áreas de desacuerdo sobre la necesidad de un alineamiento reglamentario, cuotas de pesca y acceso de los barcos europeos a las aguas británicas”, dice Georgina Wright, analista del Instituto para el Gobierno. “Los negociadores europeos y británicos están trabajando duro, pero ninguno de los dos lados quiere rendirse demasiado rápido. Tan es así que un desbloqueo solo parece posible con una intervención política a finales de este otoño”.

Este es el momento que Boris Johnson eligió para intervenir. Como una patada en el hormiguero, el Primer Ministro Británico emitió una mordaz declaración el 6 de septiembre. “Debe haber un acuerdo con nuestros amigos europeos antes del inicio del Consejo Europeo del 15 de octubre (…) Si no podemos llegar a un acuerdo antes de esa fecha, no creo que haya un acuerdo de libre comercio entre nosotros, todos debemos aceptarlo y seguir adelante”. En ese caso, dijo, “el Reino Unido tendría un acuerdo comercial del mismo tipo que con Australia. Sería un buen resultado para el Reino Unido”.


“Insólito. Johnson reconoce que con su Ley de Comercio Interior piensa saltarse, ‘solo un poco’, lo acordado respecto a Irlanda del Norte”


Ese lenguaje es engañoso porque no existe un acuerdo de libre comercio ni siquiera un acuerdo comercial amplio entre el Reino Unido y Australia, por lo que ambos países comercian de acuerdo con las normas de la Organización Mundial del Comercio. Por lo tanto, en términos prácticos, los acuerdos y arreglos prácticos existentes entre el Reino Unido y la UE llegarían a su fin. Boris Johnson realiza este reconocimiento a medias, ya que dice estar abierto a “discutir con nuestros amigos de la Unión Europea” si se produjera una situación de este tipo para “encontrar soluciones prácticas para cuestiones como los vuelos aéreos, el transporte por camión o la cooperación científica”. Prueba de que no habría ninguna solución según ese pseudo acuerdo australiano.

Dinamitar la negociación

Boris Johnson también sabe, habiendo estudiado ya este punto con detenimiento el año pasado antes del acuerdo del Brexit, que tales acuerdos serían costosos para los dos vecinos, cuyas economías están entrelazadas y con muchas líneas de producción integradas. De ahí su conclusión: “Estaré encantado” si la UE invierte sus posiciones actuales y permite que se firme un acuerdo. De hecho, es importante para el público británico que la UE sea vista como el socio inflexible y poco razonable.
Al tiempo, el Financial Times provocaba una urticaria en todas las capitales europeas al anunciar que Londres planea retirarse de algunas de las obligaciones del acuerdo, las relacionadas con Irlanda del Norte. Según esas informaciones, el Gobierno británico tendría la intención de renegar del acuerdo publicitado en torno a asunto tan espinoso. En Londres, los gritos de las capitales europeas son un signo de rara hipocresía, porque la UE nunca ha dudado en renegociar o enmendar sus propios tratados en el momento en que surge la necesidad, como se demostró, por ejemplo, en la crisis griega. Un principio que siempre había asombrado a los diplomáticos británicos.
Al parecer, sí, esa es la intención de Boris Johnson, saltarse lo acordado respecto a irlanda del Norte “solo un poco” aprovechando la ley de comercio interior. ¿Qué diría el ídolo de Johnson, la Primera Ministra Margaret Thatcher, que en el referéndum de 1975, gritó a los que pedían la salida de la UE: “Ahora se nos pide que rompamos un tratado que hemos suscrito solemnemente. El Reino Unido no viola los tratados. Eso sería malo para el Reino Unido, malo para las relaciones con el resto del mundo y malo para cualquier futuro tratado que tengamos que negociar”.

El atractivo del farol, ciertamente, es grande; el del riesgo real de un Brexit sin acuerdo es mucho menor.

El lunes 7 de septiembre, por la mañana, el gobierno todavía manifestaba que: “Tenemos un acuerdo de exclusión voluntaria, que contiene el protocolo irlandés, y nos comprometemos a aplicarlo”, según el Ministro de Medio Ambiente, George Eustice. La aplicación del acuerdo es decidida por el Comité Mixto, que reúne a representantes británicos y europeos, encabezados respectivamente por el ministro encargado de la coordinación del gabinete Michael Gove y el vicepresidente de la Comisión Europea Maros Sefcovic. George Eustice señaló que “una vez que el proceso del Comité Mixto se haya completado, puede haber cuestiones que requieran aclaración jurídica y legislación por parte del Gobierno”.


“Un periodo post Brexit económicamente duro le difi cultaría recuperarse políticamente. Buscará un acuerdo a toda costa, como el año pasado”


Concretamente, Londres quiere cancelar las declaraciones de aduanas de las mercancías que se trasladan de Irlanda del Norte a Gran Bretaña, determinar qué mercancías enviadas de Gran Bretaña a Irlanda del Norte estarán sujetas a los derechos de aduana europeos y, por último, someter sólo las empresas de Irlanda del Norte, pero no las que sólo tienen una filial allí, a la norma europea sobre ayudas estatales. Esto no pondrá en peligro las relaciones bilaterales.

¿Siempre de farol?

Otro elemento importante del análisis es que la declaración de Boris Johnson también está dirigida al público británico. Debido a su falta de claridad durante la crisis del coronavirus, al caos de las notas de los estudiantes en los exámenes de fin de curso… su popularidad se ha desvanecido, hasta el punto de ser negativa hoy en día.
Pero si la trayectoria de Johnson puede poner en duda la existencia de una firme consistencia ideológica, el acuerdo del Brexit que se le arrebató el año pasado, cuando todo parecía perdido, debería recordar a los observadores que no, no está dispuesto a arriesgarlo todo. Y especialmente no su propia carrera. El atractivo del farol, ciertamente, es grande; el del riesgo real de un Brexit sin acuerdo, es mucho menor.

“Todavía hay áreas de desacuerdo sobre la necesidad de un alineamiento reglamentario, cuotas de pesca y acceso de los barcos europeos a las aguas británicas”.

Por eso, y a pesar de su desorden, el Alto Rubio no ha perdido de vista que un período post-Brexit económicamente difícil no le serviría de nada. Incluso le haría difícil el recuperarse políticamente. Argumentos que sugieren que buscará, como el año pasado, un acuerdo con la UE a toda costa. Una posibilidad que se abre ante él ahora que su intervención ha tranquilizado, sin duda, hasta al más doctrinario de los Brexiteros.


“Johnson habla de un acuerdo comercial con la UE como el que existe con Australia. Pero con Australia no hay ningún acuerdo comercial”


Algunos observadores dicen que la probabilidad de que se llegue a un acuerdo hoy en día no es superior al 40%. Sin embargo, sería sorprendente que el Consejo Europeo del 15 de octubre no fuera el escenario de una celebración europea y de la firma de un acuerdo comercial bilateral entre los dos vecinos. Con un Boris Johson como gran ganador, al menos sobre el papel, lo que le asentaría más firmemente que nunca en el 10 de Downing Street.♦