“¿Cómo respetar las reglas internacionales frente a un enemigo que las vulnera constantemente utilizando tentáculos como Hamas, Hezbollah o los hutíes del Yemen?”

Se suele reprochar a Donald Trump que haya enterrado el orden mundial existente. Sin duda, el absoluto desprecio que muestra por eso que se denomina legalidad internacional constituye su sepelio casi definitivo. Pero cabe preguntarse si ese orden no se encontraba ya fenecido. La ONU nació como foro para preservar el equilibrio entre las grandes potencias enfrentadas en el largo periodo de la guerra fría, respetando las respectivas áreas de influencia. Todo reposaba en el convencimiento mutuo de que una conflagración directa significaría el fin de ambos contendientes y, posiblemente, de la propia humanidad. La pugna pareció finalizar con el hundimiento de la Unión Soviética, arruinada por mantener una carrera armamentística que estranguló su economía. Pudo pensarse que se iniciaba una nueva era de paz. Putin se encargó de desmentir esa falsa esperanza. Primero anexionando Crimea a cambio tan solo de tibios reproches. Más tarde, invadiendo el resto de Ucrania en una contienda sangrienta donde mueren a millares soldados de ambos bandos por unos puñados cuadrados de terreno. El orden mundial tampoco ha impedido la proliferación de dictaduras que han sojuzgado a sus pueblos con despiadada crueldad, ni cruentas matanzas en contiendas civiles. Que la comunidad internacionalidad no frenara de inmediato el genocidio de Ruanda muestra hasta qué punto se han pervertido los valores de la Carta de las Naciones.