“Cuesta creer que Trump haya abierto la caja de Pandora sin medir las consecuencias. En el fondo, el reproche llegará si no se atreve a finalizar la tarea”

La actual contienda brinda no pocas paradojas. Hemos asistido al descabezamiento sistemático de la cúpula iraní sin provocar fisuras en su régimen. Sin duda, su ideario de fanatismo religioso se presta a resistir niveles de castigo que otros no soportarían. En realidad, no se han medido directamente ambos contendientes. Unos han bombardeado casi a placer, tras desactivar las defensas aéreas. Irán ha devuelto los golpes lanzando misiles y drones tanto a Israel, su diana preferida, como al resto de países del Golfo. En combate manifiestamente desigual, la dosificación de su ingente arsenal permite a Irán, tras un mes de incesante acoso, mantener en la práctica intacta su amenaza. La superioridad militar de la coalición parece mostrarse impotente para frenar una avalancha interminable de proyectiles de bajo coste y costosa intercepción. Para colmo, el cierre de Ormuz se ha erigido en auténtico emblema de esa impotencia. Cuesta creer que los mandos de la operación no previeran tamaña contingencia y semanas después resulten incapaces de taponar una brecha tan estratégica. Está en juego la credibilidad de los EE.UU. para proteger a sus aliados de la península arábiga.