Hemos fallado en casi todo. Y es hora de reconocer que necesitamos reformas en muchos ámbitos, sin necesidad de que nos aleccione el primer ministro holandés.

JP Marín Arrese

Es la pregunta que todos se hacen, desde la gente de la calle a los tertulianos, ante el repunte imparable de una epidemia que parecía sofocada a comienzos del verano. La respuesta es obvia: hemos fallado en casi todo. Desde la inhibición del Gobierno tras renunciar a prolongar la agonía del estado de alarma por su creciente coste político, a la falta de previsión de las Comunidades Autónomas para afrontar una nueva ola de contagios que, tarde o temprano, se anticipaba. A día de hoy, todo se resume en elaborar mal que bien una estadística de los contagiados, hospitalizados y difuntos, cruzando los dedos para que la pandemia no vaya a más. Se denuncian las actitudes irresponsables en fiestas o botellones y se pasa por alto el escándalo que suponen las aglomeraciones diarias en el metro. La cosa ya empezó con pie torcido. Todo se sacrificó al objetivo de sofocar todo asomo de inquietud entre la población hasta que la crisis hospitalaria estalló y, como un vendaval, dejó descuadernado nuestro sistema de salud. Ese del que presumíamos tanto, pero dotado tan sólo de una cuarta parte de las camas por habitante de que dispone Alemania. Pronto mostró sus grietas sin que nadie se tome en serio, todavía, la necesidad de colmatarlas. Sólo cabe confiar que pronto se descubra una vacuna o remedio eficaces.

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